Historias

Published on April 27th, 2020 | by RevistaLaCorriente

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¿Quién mató a Maximino Ávila Camacho?

Ignacio Solares

Aquella mañana, el presidente Manuel Ávila Camacho recibió
en su despacho de Palacio Nacional a Gonzalo N. Santos. Un chorro de luz
amarilla entraba por un balcón entreabierto y caía como una materia sólida
sobre la gruesa alfombra color vino. Se sentaron en los sillones de cuero
oscuro con tazas de café en las mesitas de los lados. Gonzalo era un hombre
grueso, calvo, con chispeantes ojos azules. Hablaba con una voz chillona, una
octava más alta de lo normal. El presidente en cambio mostraba en aquellos momentos
su serenidad habitual que, sin embargo, escondía una extraña vulnerabilidad
ante ciertos temas, como le tocó aquel día.

―Querido compadre. Quiero reconocerte que tú has salvado al
país en dos graves ocasiones, durante elecciones presidenciales ―Gonzalo abrió
una discreta sonrisa―. Primero evitando que el tal Vasconcelos llegara a la
presidencia y, luego, lo mismo conseguiste con Almazán ―hizo una breve pausa,
en que se remarcaron las comisuras de sus labios―. Hoy el país requiere
nuevamente, por tercera vez, de tus servicios, querido compadre… A ver si me
entiendes. Mi hermano Maximino no puede llegar a la presidencia ―lo dijo
rápidamente, con un largo suspiro al terminar.

Gonzalo no contestó y dejó que el presidente continuara, ya
abiertamente emocionado.

―Sé que tú tienes una gran ascendencia sobre él. Te estima y
cree todo lo que le dices. Él mismo me lo ha confesado. Necesito que lo
convenzas de que deje de soñar con sus aspiraciones a postularse como
candidato, ahora que se acercan las elecciones.

Gonzalo le mostró las manos abiertas.

―Señor presidente, tú sabes que siempre estoy y estaré
dispuesto a servir a mi patria en cualquier momento en que requiera de mis
servicios. Muy especialmente durante las elecciones presidenciales.

―Lo sé, y por eso recurro a ti. Maximino no sólo es mi
hermano mayor, es mi padre, pero cuando se ocupa un puesto de tan alta
responsabilidad como el mío, se tiene la obligación de reconocer los defectos
del propio padre. Mi hermano está enfermo desde niño ―los ojos se le
humedecieron al decirlo—. No es normal, ¿comprendes? ―Gonzalo respondió
afirmativamente con la cabeza, entrecerrando los ojos―. Pero, a pesar de su
enfermedad, escucha a ciertas personas. A mí ya no. Pero a ti sí. Convéncelo de
que es una locura lo que pretende. ¿Me imaginas cediéndole la banda
presidencial a mi propio hermano, cuando todo el país sabe de sus chifladuras?

Al día siguiente, al mediodía, Gonzalo fue a ver a Maximino
a la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas.

―El señor secretario está en una reunión muy importante y
pidió que no se le molestara por ningún motivo ―le dijo la secretaria al
llegar.

―Dígale que lo busca Gonzalo Santos.

Un momento después, Gonzalo entró al despacho. La “reunión
muy importante” era con Conchita Martínez, una tonadillera y bailarina
española, de la que andaba “encaprichado”. Cuenta Gonzalo en sus Memorias:
“Como el marido de Conchita había dado muestras de ‘incomprensión’, Maximino le
mandó dar una paliza y lo expulsó del país, quedándose con la guapa española”.

Estaban sentados en un sofá, bebían coñac y él la besaba en
los labios y en el cuello. Ella tenía la blusa a medio abrir.

―¿Qué te trae por aquí, Pelón Tenebroso? ―le preguntó a
Gonzalo, sin dejar de besar a Conchita. Arrastraba la voz y Gonzalo supo
enseguida que ya estaba medio borracho.

―Necesito hablar contigo un momento de algo muy importante.

―¿Muy importante?

―Mucho.

Separó a la mujer con un movimiento brusco en un hombro.

―Lo siento, mi amor, pero el Pelón Tenebroso sólo me
interrumpe así cuando de veras se trata de algo importante. Espérame en la sala
de juntas y al rato voy por ti.

Ya solos, se sirvieron una copa de coñac y Gonzalo fue al
grano.

―Maximino, tú y yo nunca nos hemos andado con rodeos. Todo
México sabe de tus aspiraciones presidenciales. Hoy mismo, en El Universal, hay
un editorial sobre el tema, criticando ferozmente a ti y al señor Presidente,
tu propio hermano. No le puedes hacer esto, Maximino. Por él, por ti, por el
bien de la patria y de la Revolución, a la que todo se lo debemos y de la que
somos sus custodios.

Los ojos de Maximino se encendieron súbitamente. Gonzalo
tuvo la impresión de que la borrachera se le bajó de golpe. Dio un golpe en la
mesa de centro que hizo balancear la botella de coñac y se puso de pie.

―Mira, Gonzalo, sé que vienes enviado por mi hermano, quien
me ha traicionado. Como lo oyes. No quiere que yo lance mi candidatura porque
sabe que seré mejor presidente que él. Lo sabe. Desde niños me ha tenido
envidia, porque soy más inteligente y hábil. Una envidia que lo ha enfermado y
por eso ahora quiere postular a ese maricón de Miguel Alemán.

Señaló a Gonzalo con un índice tembloroso y habló en un tono
de voz aun más alto.

―Pero a Miguel Alemán lo voy a mandar matar, ya lo tengo
todo preparado. Te lo juro por mi madre Eufrosina, de la que mamamos del mismo
pecho Manuel y yo ―y Maximino besó la cruz.

―Todos van a sospechar que fuiste tú quien lo mandó matar.

―No me importa, con tal de deshacerme de ese maricón,
protegido por mi envidioso hermano. Pero aunque sospecharan, no me podrían
probar nada por cómo lo voy a hacer. Y en último caso, si después el gran poder
de mi hermano fuera suficientemente fuerte para detenerme, ya he pensado a
quién postularía en mi lugar, con todo mi apoyo y, ahí sí, nadie podría
detenerme.

―¿Quién?

―Tú.

Los ojos de Gonzalo se abrieron muy redondos. Tragó gordo
antes de contestar, con voz dubitativa.

―¿Te imaginas? Con lo amigo que soy de tu hermano. Hasta
somos compadres. No me perdonaría nunca y aunque te deshagas de Alemán, no me
dejaría llegar.

En sus Memorias, Gonzalo lo confiesa:

“Bonito papelón iba yo a hacer al presentarme al Presidente,
quien me había comisionado para desalentar a Maximino en sus pretensiones y
decirle: ‘Pues él ya está convencido de no jugar, señor Presidente, pero quiere
que juegue yo’. Además de traidor hubiera aparecido a sus ojos como pendejo,
que es peor”.

Y apenas con un punto y aparte, y sin mayor aclaración,
Gonzalo cuenta:

“Apenas al día siguiente, en Puebla, se celebró un banquete
de más de cinco mil cubiertos en honor de Maximino, donde hubo brindis
políticos afirmativos y calurosos de adhesión incondicional ‘para lo que él
mandara’. Pero de ahí del banquete se llevaron a Maximino moribundo a su casa,
en donde luego falleció”.

Y con sólo otro punto y aparte remata:

“Con la muerte de Maximino, aceleré la campaña a favor de la
candidatura de Miguel Alemán, de acuerdo con el Presidente Ávila Camacho”.

Tomado de la Revista de la Universidad de México

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