Historias 665_001

Published on January 17th, 2017 | by RevistaLaCorriente

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La criminalidad en San Luis Potosí y los medios para combatirla

Son escasos los datos que hemos encontrado del autor de esta reflexión sobre la criminalidad potosina en el ocaso del siglo XIX, sabemos que era abogado y falleció en “el albor de su existencia” luego de una excursión realizada el 24 de septiembre de 1899, al no encontrar lugar en el tren de regreso pasó la noche en la sierra y le dio pulmonía, “acompañada de tifo”.

Atanasio Quiroz

I. Faz de la criminalidad

Ha dicho uno de nuestros eminentes jurisconsultos, que al investigar los caracteres propios de la criminalidad, y en medio del crecido número de delitos contra las personas, especialmente de homicidios, hay una convicción profundamente arraigada en las clases media y superior, que consiste en el sentimiento de seguridad personal manifestado por la libertad de acción en la vida social, teniendo una prueba de ello, y por cierto evidente, en que nadie deja de salir a la calle a las altas horas de la noche por temor de ser víctima de alguna agresión; esto mismo pasa entre nosotros pues nadie negará que en la noche, a las horas más propicias para la comisión de los crímenes, se encuentran en la calle personas respetables y aún familias enteras, que pueden sin ningún temor pasear e ir de un punto a otro, sin que por esto se entienda, que no se dicten las medidas necesarias y se tomen las precauciones del caso para evitar los desórdenes de delincuentes en menor escala.

Es de lamentarse que en la Capital de nuestro Estado, uno de los que marchan a la vanguardia de la civilización, no existan, ni siquiera se intente formar estadísticas de los crímenes que se perpetran, especialmente el del homicidio, a semejanza de los grandes centros europeos y norteamericanos, para formar una idea exacta de la proporción que hay entre la delincuencia y la población; sin embargo, de los datos que existen en la Jefatura Política y en los registros del Hospital Civil, se ve a las claras que el delito y con especialidad el de sangre no guarda proporción que pudiéramos llamar aritmética, con la población, siendo de notarse que este delito ha aumentado de una manera asombrosa en estos últimos años, sin que nadie se preocupe por el hecho, pues es moneda corriente pasar inadvertidas las noticias que a diario se dan sobre heridas y asesinatos ¿A qué atribuir tal despreocupación?

¿Cómo podemos explicarnos la convicción arraigada de seguridad personal entre los círculos medios y superior y la falta de temor en medio de la rápida carrera del crimen que con cantos de destrucción y de exterminio, va marcando su corso precioso en las tristísimas y funestas señales de ultraje, la sangre y la violencia? ¿Tiene explicación tal proceder? … Si que la tiene —la separación y la diferencia de las clases sociales— pues en la conciencia de todos está que la comisión de la mayor parte de los delitos de sangre, tiene su propio campo en las esferas más bajas de la sociedad, entre el ambiente repugnante de la pulquería, el garito, la cantina y el burdel, y rara muy rara vez llega a tener eco en los círculos de aquella, donde el orden y la corrección son sus determinantes, donde la educación o instrucción ayudan mucho, donde los sentimientos son elevados, porque simplemente el ambiente, el medio de vida no degenerado, hacen que transcurra un gran lapso de tiempo a fin de que se registren en la historia del crimen, esos grandes hechos que conmueven hasta los últimos senos de la sociedad, sino que respondan por mí los acontecimientos acaecidos hará unos pocos años en el establecimiento de los billares S. Kinner y en la cantina de la Gran Sociedad, y en otros lapsos de tiempo más o menos largos, se conmueven nuevamente las fibras de la sociedad con el hecho llamado comúnmente el crimen de la calle de Guerrero y el asunto que hace poco tuvo lugar frente al Instituto Científico, viniendo a probar con esto que no hay ni puede hacerse una comparación con la criminalidad de las clases bajas y aquellas en que se tienen nociones de la individualidad y de los derechos del hombre, siendo de notar que en estas, llegado el caso, la pasión es enérgica y la reacción terrible.

Alguien dijo y con razón: que la diversidad de sentimientos, la profunda separación de los diversas clases que forman nuestro cuerpo social, es la causa de que cada una, sintiéndose separada de las otras, por todas sus condiciones, la material, la intelectual y moral, por sus usos y costumbres, por su origen y sus aspiraciones, tengan la firme seguridad de que no serán víctimas de las represalias y ataques de las clases inferiores por su falta de relación en la vida social. Ejemplos prácticos y muy prácticos demuestran estos principios: el servicio militar forzoso, la enseñanza obligatoria, las medidas relativas a la concurrencia después de las diez de la noche a las cantinas de mala nota son cosas que son indiferentes a las clases altas, puesto que a estas no se les hace reclutar en el ejército, educan libremente a sus hijos y si asisten a cantinas son a elegantes como “El Fiel Pastor”, “Los Alpes” y “La Bella Unión”, sin que por otra parte las clases inferiores se preocupen por las medidas que existen o pudieran existir para las superiores.

Asentemos, pues, que una de las fases de nuestra criminalidad es que los delitos comúnmente llamados de sangre, se cometen en San Luis, por individuos de la clase baja entre sí. Por otra parte, la criminalidad en la capital de nuestro estado no está revestida de la forma con que lo está en otras diferentes partes del mundo. Raras veces encontramos en los procesos que se instruyen en nuestros tribunales, la narración de un crimen premeditado en la aceptación lata de esta palabra, y si acaso se alega premeditación, es de un corto tiempo del que el infractor pudo hacer uso y no larga constancia en estudiar la comisión de tal o cual crimen. Cuántas veces juego de bolados, el soy más hombre que tú, …, el no me dejo, la no aceptación de un trago, una palabra mal interpretada, una mirada sospechosa, un choque con la mujer de quien se acompaña alguno de nuestro pueblo, son las razones que existen para que en el lugar mismo de la cuestión diriman ésta a pedradas, puñaladas o balazos, sin que haya exordio ni prólogo, tramas ni nombres, odios ni codicias y ese lugar puede ser la calle

o la cantina, la pulquería o el garito, la verbena o el burdel. Hay que notar de paso que muy pocas veces entre individuos de esta clase se comete el delito de robo y es fácil la explicación de este fenómeno, pues como van, como dicen ellos al día y derrochan la mayor parte, sino todo su jornal en la embriaguez, nada, absolutamente nada les quitan y si frecuentemente los robos que se cometen son de las clases inferiores, no revistiendo el delito formas alarmantes y de violencia, pues por lo general son raterías, robos domésticos, y si hay fractura, escalamiento u horadación, lo hacen siempre con el temor de ser sorprendidos, y sin revestir las alarmantes fases del asalto.

Ahora bien, si nos detenemos a la observación, podemos afirmar, sin temor de equivocarnos, que el robo propiamente hablando no existe en grande escala entre las clases media y superior, y si existe, es bajo una forma que pudiéramos llamar refinada, y que jamás puede cometerlo el hombre del pueblo por su ignorancia; tales son los delitos de abuso de confianza, estafa, fraude y falsificación. Habiendo tratado, aunque a grandes rasgos el homicidio y del robo, es decir de los delitos contra la persona y la propiedad, delitos cometidos en su totalidad por los individuos de la clase baja, pasemos a considerar brevemente la difamación y la injuria. Estos delitos son inexplicables para mí en las actuales circunstancias por las que atraviesa nuestra sociedad, por motivos de que asuntos de tal naturaleza casi nunca llegan a ventilarse ante nuestros tribunales, siendo que un insulto es muy común que en las clases llamadas aristocráticas y media se conteste con una puñada, y de esto surja el duelo que termina las más veces con un almuerzo entre padrinos y ahijados; y entre los hombres de nuestra clase baja los insultos se dirimen por medio de los cuchillos o las piedras; y es cuando a la difamación sucede algo semejante, no necesitándose por lo regular de los jueces para poner a cada quien en el punto que le corresponda. Sentados estos ligeros puntos pasemos a tratar

II. Las causas que determinan nuestro estado de criminalidad

Antes de entrar al examen de dichas causas y para mejor comprensión, veamos las condiciones en que se encuentran las clases baja, media y superior. Atendiendo a la raza podemos dividirla en dos clases: la india o pura y la mestiza, la primera que forma nuestras rancherías y la segunda que constituye la base de la población en nuestra ciudad y las de algunas cabeceras de partido.

El eminente publicista D. Justo Sierra dice a este respecto: “Tomando la distribución de las razas en su conjunto, puede asegurarse que los descendientes de las antiguas castas, que el mundo mestizo, que el grupo nacional que llamaremos neo mejicano, está en minoría en las poblaciones cultivadoras del campo, y constituye en cambio la mayoría de la urbana e industrial, más ilustrada, más activa y más transformable que la rural, y en esta clasificación queda comprendida la población minera que forma a su vez, la mayoría de la población industrial de la República. El indígena se alimenta con maíz, chile y algunas frutas; bebe cuando puede y cuanto puede; en algunos distritos de la Mesa Central el pulque que en cierto límite ayuda a su nutrición, y que frecuentemente aniquila por la embriaguez todas sus energías morales; y en otros distritos, diversos aguardientes extraídos del maguey. Con esta alimentación puede el indio ser un buen sufridor, que es por donde el hombre se acerca más al animal doméstico; pero jamás un iniciador, es decir, un agente activo de civilización. Copia y se asimila la cultura ambiente (ya los primeros misioneros admiraban su aptitud para imitar); mas no procura mejorarla; el pueblo terrígena es un pueblo sentado; hay que ponerlo en pie. El indio merma de su exiguo sustento una parte que consagra a sus dos goces supremos, en donde todavía se condensan sus aspiraciones materiales y espirituales: la embriaguez y el culto. El pulque, los aguardientes extraídos del maguey y los cirios para los santos: he aquí lo que tiene encadenado al indígena y aún al mestizo rural a un estado de inferioridad desesperante; en la población industrial existen hábitos análogos, pero tienden ya a mezclarse con otras ideas, con otras aspiraciones, una levadura nueva empieza a hacer fermentar la masa social”.

Lo dicho por el señor Sierra, pinta nuevamente la condición de nuestro pueblo, pues el urbano con más o menos diferencia, tiene los mismos caracteres que el rural; sin aspiraciones y sin esperanza se conforma a pasar la vida de cualquier manera que sea; para él lo mismo es un petate que le sirva de lecho como de mesa de comer, lo mismo es una frazada que le sirve de cobertor como de abrigo, poco le importa andar vestido con calzón y camisa de manta blanca que con huaraches; le satisface más una gorda con chile y un plato de frijoles, que procurarse el bienestar social, y una vez satisfecho de todo eso, procura satisfacer sus placeres con varias jícaras de pulque y otras tantas copas de mezcal, para después entregarse a los delitos más salvajes, abriéndose así las puertas de la penitenciaría; y lo decimos de su estado material podemos afirmarlo de su condición moral e intelectual, sin instrucción y sumido en la ignorancia, sin conciencia de sus propios derechos y de los derechos de los demás, sin respeto a sí mismo, es imposible que respete la vida y los derechos de los demás, y no debe pues causarnos extrañeza, comparando el estado de las clases superiores con las de las clases inferiores, comparación de notable diferencia, que la criminalidad tenga su albergue entre los descamisados, en la clase baja, que con sus instintos brutales y salvajes da un gran contingente a nuestra penitenciaría.

III. Medios para combatir la criminalidad

Estoy ya casi a terminar mi mal pergeñado estudio sobre una materia que presenta tan vastísimo campo a cerebros privilegiados. He presentado con vagos perfiles los caracteres de la criminalidad en la Capital de nuestro Estado, y los avances que ha tenido: avance que amenazan la ruina y la desolación de nuestra sociedad si no se pone un remedio enérgico e inmediato al mal. ¡No cabe la menor duda que se necesita un correctivo que sea eficaz e inmediato! Pero si vamos al terreno de la práctica, nos preguntaremos ¿cuál es ese correctivo, cuál es el remedio que venga a operar un cambio determinado, un movimiento decreciente en la delincuencia? ¿Es posible cambiar todos los círculos que forman la sociedad y dar un nuevo aspecto a cada uno de ellos? ¿Se pueden cambiar las costumbres de nuestra clase que se llama baja? Yo no podré contestar tales preguntas; pero sí puedo decir que en mucho se puede ayudar a toda esa gente que por desgracia ha encontrado su medio ambiente en la atmósfera del crimen y la degeneración. ¿De qué manera? … Ya con la ayuda directa del Estado, ya con una iniciativa particular ayudada por el mismo Estado.

I. Podemos hacer ascender la cultura de esa clase que llamamos inferior.

II. Podemos instruir, educar, en suma, proteger a los niños desvalidos.

En cuanto a lo primero, tenemos la persecución y la supresión de los delitos originados ya por un contacto con individuos de naturaleza criminal o con otros que han contraído tales intenciones. Estamos nosotros a una altura que podríamos señalar la clase de castigo (entendamos el género de prisiones) para individuos de una y otra especie; pero en la práctica desgraciadamente no estamos a la altura en que señalaríamos el punto determinado para cada uno de los criminales. No tenemos ni podríamos tener, social y económicamente, los medios que los criminalistas han propuesto para las penitenciarías; y he aquí la primera o insuperable dificultad para poner en práctica lo que se sienta en teoría. Conocemos  todos al dedillo, la teoría de grandes y autorizados autores, que asientan el sistema penitenciario celular, sistema que nada deja que desear, pero señores, como ya he dicho ¿podemos poner en práctica tal sistema? … Apenas el rudimentario lo tenemos y en lo que cabe, nos ha dado excelentes resultados. De manera, que si en el principio es de tal naturaleza, una vez debidamente organizado, sería de incomparables resultados. Puede entonces sentarse indiscutiblemente, que el sistema penitenciario celular es uno de los mejores métodos que directamente corresponden al Estado para la prevención y represión del crimen. Tenemos otros que por sí constituyen una obligación directa del Estado para reprimirlos o corregirlos.

Muchos se pasarán a mi observación, pero los que a cada momento se presentan a nuestra vista, son la mendicidad y la embriaguez. En cuanto al primero, la prensa, uno de los elementos primordiales de la civilización, nos da constantemente noticias de canards, siendo causa de ellos los mendigos. Una constante vigilancia de éstos y la autorización necesaria por parte de la autoridad, suprimirían tantos abusos frecuentes en la capital, como en el Estado.

En lo que se relaciona a la embriaguez, bastante discutido está este punto y citaré la opinión de un autor ilustre: “La embriaguez, importantísima fuente de delitos entre nosotros, debe ser erigido en delito el acto de presentarse en estado de embriaguez en un lugar público, o en un lugar privado que pueda verlo el público, elevándose de falta a delito el carácter de esta infracción y suprimiendo el requisito que ahora exige el Código Penal de que se produzca escándalo. Así como se han erigido en delito la ejecución de ciertos actos en sí mismos lícitos cuando tienen verificativo en público, así debe considerarse también como un delito el hecho de presentarse en público un ebrio: daña el ejemplo que da y lastima los sentimientos de decencia y moralidad de quienes lo ven”.

III. Tenemos que la niñez es la base de nuestras instituciones sociales y futuras, y si se minan esas bases, si se destruyen los cimientos del edificio ¿Qué quedará? Se derrumbará el porvenir social y destruirá el gran templo de las futuras sociedad. Hagamos pues por conservar como herencia a nuestros predecesores lo de más sagrado que se puede tener, esto es la educación e instrucción de todos los menores. El hijo del magnate, de la misma manera que el del proletario, tienen derecho a nuestra atención. Hagamos lo posible porque al último, por falta de recursos, no se le designe uno de esos antros que son el aumento de los malos principios de en vida; destruyámoslos y veamos de qué manera hacemos de la clase que se llama degenerada una clase útil a la humanidad en general.

[Artículo publicado en la edición 19 de La Corriente, marzo-abril de 2011, fuente: El Estandarte, 6 de diciembre de 1898]


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